"En él, el portugués fue una especie de destino que se le vino de repente frente a su vocación de poeta".
Álvaro Mutis
"Cada quien se busca donde se ha perdido. Yo me perdí en Portugal por eso me busco ahí". Miguel Torga
Hace algunos años tuve el honor de conocer al poeta queretano Francisco Cervantes. Pese a que con frecuencia coincidíamos en un lugar de comida rápida ahí nunca nos dirigimos ni un saludo. De aquellos días sólo recuerdo algunas de sus preferencias como pedir, “tacos de queso-y acotaba- no quesadillas”, pero sobre todo recuerdo lo que me hizo sentir simpatía por él, su sentido del humor: mientras le preparaban su comida, se sentó a mi lado de la barra a esperar, en la televisión pasaban no recuerdo qué película en la que aparece la escena de un fusilamiento en la que le piden a uno de los condenados que diga su último deseo, a lo que Cervantes se adelantó y dijo en voz más o menos alta, a la vez que su lenguaje corporal dejaba sentir su ironía y apartaba su mirada de la pantalla: “morir de viejo”. Sólo me sonreí, pero la verdad es que me dieron ganas de columpiarme de risa, por la velocidad de su mente y por lo mordaz del comentario. Desde entonces me cayó bien pero no sabía que aquél hombre de quijotesca y saudosa figura y andar pausado era uno de los mejores poetas de México y el mejor traductor al español del genial poeta portugués Fernando Pessoa.
Empezaba este siglo y- otra coincidencia- Rosalía, mi novia, quería aprender portugués luso, no el de brasil, por lo que me di a la tarea de buscar algún libro sobre algún escritor portugués fue entonces cuando descubrí el libro “Odisea de la poesía portuguesa moderna”, de Francisco Cervantes, una antología de aquél hombre que “sugirió” al condenado a muerte pedir como último deseo, morir de viejo.
Nunca he agradecido tanto no encontrar un libro en la tienda, ni siquiera en la virtual pues esto me llevó a abordar un día en la calle a Cervantes y a la primera oportunidad que tuve me acerqué y le pregunté dónde podía conseguir un ejemplar de aquél libro. Se extrañó mucho que le preguntara por ese libro. Me ofreció regalarme un ejemplar, me dijo que pasara por él al día siguiente al Museo de la Ciudad. Por supuesto, puntualmente, al siguiente día ahí estaba yo frente a él, entonces sacó su pluma y me lo dedicó “…con un abrazo”.Platicamos, o mejor dicho, lo escuché un largo rato y, sonará petulante decirlo pero sí él me consideraba amigo por qué yo no poder considerarlo así, desde luego, entre su cultura y la mía mediaba un abismo proverbial y no haya sido posible una amistad más profunda, pero desde entonces hicimos migas y empecé a frecuentarlo en su casa en la avenida Pasteur, aquellas visitas resultaban para mi todo un acontecimiento. Disfruté lo indecible escucharlo hablar de letras y de los escritores a los que conoció o conocía como a Octavio Paz, Álvaro Mutis o García Márquez. También hacía mi delicia escucharlo hablar mal de otros autores sobre quienes descarga una crítica verdaderamente corrosiva y de quienes muero por poner ejemplos pero prefiero dejarlo para otra ocasión.
Y si su libro, “Odisea de la poesía portuguesa moderna”, me acercó a Cervantes, tuvo la virtud de descubrirme al poeta Fernando Pessoa, con esto inició mi devoción por Pessoa:
“Todos tenemos dos vidas:
la verdadera, que es la que soñamos en la infancia,
y que seguimos soñando, ya adultos, en un sustrato de niebla;
y la falsa, que es la que vivimos en convivencia con los demás,
la práctica, la útil,
ésa en la que acaban por meternos en un cajón”
Es un fragmento del poema “Mecanografía” del mejor de los heterónimos de Pessoa, Álvaro de Campos y con la inconfundible traducción de Cervantes: ahí donde otros ponen ataúd, Francisco tradujo cajón, y es que para traducir poesía hay que ser poeta también. Y Cervantes lo fue, lo es y muy grande. Un poeta mexicano al que Portugal le arrebató el alma. País por el que tuvo verdadera devoción y como dicen que los poetas no tienen biografía sino obra, aquí la muestra, en un fragmento de su poema “Geografía”:
“Quienes nacimos en otro lugar que nuestra patria,
Cualquiera que ésta sea,
Un lunar nos deforma la mirada
Y hay en el alma rasgaduras
Por donde se ven las tierras de donde salimos…”
Para mi, sólo desde el título el poema ya es significativo, y es que en eso Cervantes de pintaba solo y que llevaría al mismísimo Gabriel García Márquez a decir:“Los Libros de Francisco Cervantes tienen los mejores títulos”. Del su libro, “Heridas que se alternan”, Mutis dijo a Ricardo Pacheco: “¡Por favor, es un título prodigioso! ¡Es ya un poema!”.
Su recuerdo aún me duele por muchas razones, porque me lamento de no haber pasado más tiempo con él, porque cuando alguna vez no sé por qué me preguntó que si yo escribía, le dije que no, que no aspiraba a tanto que si acaso a escribir de toros y él se ofreció a aconsejarme: “si aguantas vara yo te puedo ayudar”. Fui un imbécil, cómo pude desaprovechar esa oportunidad, y si bien en ese momento no escribía ni cartas, poco después escribí (es un decir) una crónica sobre la reaparición de David Silveti en Querétaro, nunca se la mostré, en parte por vergüenza y en parte por el trabajo que me impedía frecuentarlo más de lo que yo quería.
Pero sobre todo me duele, porque por azares del destino los primeros días de enero de 2005 lo visité, y como me tocó despedir a muchos de mis mayores, al verlo en aquellos días, supe que aquella Hijueputa inflexible había pasado y dejado su advertencia; él lo sabía y se despidió de mi, y me contó que se había reconciliado con quienes había podido y es que Cervantes tuvo un carácter duro, verdaderamente difícil, y eso que a mi ya me tocó suavizado, pero como dijo el mismo Mutis: “conmigo nunca lo ejerció”. y conmigo tampoco. Y créanme que me tocó verlo acribillar a algunos.
Esperaba su muerte pero no tan pronto, a los quince días dejó este puñetero mundo, y no les miento si les digo que no puedo contener el llanto y no puedo seguir escribiendo, que su partida todavía me duele mucho. Desde hace cinco años he querido escribirle algo y por eso hoy empiezo una bitácora en la que no pienso juntar su letras con las mías, salvo por estos párrafos que servirán de presentación, lo demás serán sus poemas y seguramente algunas cosas más. Quién me diría que su recuerdo se volvería una herida que se alterna.
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